En nuestro
tiempo, es usual encontrarse a la gente de 40, 50 y 60 años que hace mención a
las épocas ‘doradas’ de la música en los 60’s, 70’s y 80’s; Atribuyendo una
mejor calidad de producción a la música de ese entonces, comparada con la
actual. Muchos han (y hemos) aludido a esto como una pseudo problemática,
derivada del conflicto que representa el choque cognitivo de una época con la
otra, sobre todo, cuando dichos choques eran más paulatinos y se podían ver
llegar, permitiendo a la generación ‘saliente’ adaptarse a la nueva época que
se miraba llegar. Para nuestro caso, argumentaremos como este, si bien, no
representa una verdad o una problemática mediata, puede tener respuestas que
hemos decido ignorar y pueden dar sustento a una serie de enunciados que
podrían ser meritados a un análisis, casi sociológico.
La realidad
que representa los años 60’s a los 80’s en el ámbito musical, gira en su
mayoría a la capacidad de los autores para generar canciones que sean
emblemáticas y casi ‘atemporales’, donde la inclusión de un nuevo elemento
(casi necesario en lo contemporáneo), la síntesis electrónica de sonidos que
comienza a constituir parte de la cultura ‘pop’ del momento y para las subsecuentes
épocas. Otro de los elementos que surgen en el ámbito musical, se vuelve
pragmático y el nuevo standard para las casas productoras de música, es la
capacidad de encontrar autores que desarrollen música para ciertas demografías,
debido a la gran cantidad de géneros proliferantes, derivado de los nuevos
medios de propagación musical. A su vez, el desarrollo tecnológico de la época,
permite la inclusión de una nueva herramienta para la música, la inclusión de
video. Donde el autor, puede relatar una historia con la música, si bien, no es
un elemento ‘innovador’, pero constituye un cambio a la manera de generar
música, donde no se deja a la simple imaginación del receptor sobre la imagen
que el artista ha generado. He aquí el elemento inclusivo del artista respecto
a su audiencia, donde pueden compartir el elemento de recreación y llevarlo un
paso más… A la homogenización de la visión del artista; Y al receptor, sentirse
parte de esa imagen que genera el artista.
Parte de la
introducción de esta entrada, consistió en el planteamiento de una ‘pseudo’
problemática. Donde se atribuye una mejor calidad a la música de antes a la
contemporánea y parte del análisis gira entorno a esto: ¿Realmente es mejor?
No. La música sigue siendo música, los artistas siguen generando éxitos y
destrozos. Existen altos y bajos. Nada ha cambiado, a primera vista. Pero para
responder a esta problemática, basta con un no provisional. A diferencia de las
épocas anteriores, la tecnología y los diferentes movimientos culturales, han permitido
la proliferación de los artistas, cosa que no era ajena a la época de los 80s y
70s, donde en el rock y su subsecuente ‘caída’ de este, se comenzó la
subdivisión entre el rock ‘comercial’ e ‘independiente’. La razón de este, se
debe a que la mayoría de los receptores de dicho género, comenzaron a escuchar
el declive de sus artistas preferidos, asumiendo que su declive se debía a la
‘comercialización’ de la música y el deseo de las casas productoras de llegar a
más personas, generando mayores ganancias. En este aspecto, vale aclarar que el
propósito del artista es la promoción de su obra, ya que al igual que el
conocimiento, arte no es aquel que se guarda para uno mismo, sino para aquellos
que saben cómo interpretarlo y hacer de este, parte de sí.
Otro de los
factores contextuales, es la proliferación de los artistas. Las casas
productoras saben que el talento se encuentra por todos lados, solo que en la
actualidad (y durante la época de los 90s y 80s) hay que distinguir a los
artistas del ‘momento’ y los emblemáticos, ya que los del momento, no generan
mayores ganancias y subsecuentemente, su música no posee la calidad
contrapuesta a la de un artista ‘emblemático’. La problemática que surge con
esto, es el deseo de las casas productoras de generar artificialmente estos
‘booms’ temporales, ya que si bien, no perduraran, es más sencillo producirlos
que esperar al indicado.
La realidad
actual, es producto de los factores contextuales que hemos mencionado. La
problemática actual, gira entorno a la homogenización de los artistas y la
deformación que estos están sufriendo a causa de las nuevas tecnologías y los
nuevos movimientos culturales.
En los 90s
hasta el presente, teníamos (y tenemos) a Britney Spears, Madonna, Beyonce,
T.A.T.U., Evanenses, Pussy Cat Dolls, Black Eyed Peas, Justin Timberlake, Nelly
Furtado, Ramstein, Timbaland, Snoop Dog entre muchos otros géneros y muchos
otros artistas. Pero lo que ha sucedido, es una ‘caducidad’ del talento. Ahora
tenemos internet, donde los Hits provienen de los artistas menos esperados y
menos reconocidos, donde cualquiera es un artista y donde la sustancia
transmuta en ‘aceptividad’. Entre mayor sea la cantidad de personas las
receptoras de este artista, menos necesidad de sustancia en la canción.
Teniendo como resultado, una ecuación de volumen sobre sustancia. Importa más
la cantidad de personas que puedan apegarse a este género o canción que la
sustancia o calidad de la misma.
Los videos musicales
ya no se hacen con la idea de publicarlos en MTV o en cualquier otra cadena
televisiva interesada en recibir la audiencia que genere el video. Ahora se
publican con la idea de obtener la mayor cantidad de visitas en un video
publicado en Youtube, donde la competencia es tan grande, que hay para todos
los gustos y ser emisor de esa cantidad de personas, se vuelve un tesoro.
Siendo así, la fórmula del éxito, el impacto que el video puede generar a la
audiencia sin necesidad de motivar una mayor apreciación del valor que pueda
tener la música.
Ahora
tenemos a Katy Perry, Lorde, Taylor Swift, Lady Gaga, Nicky Minaj, entre
otras/os. Donde prima el volumen sobre la sustancia. Puede que muchas de estas
artistas mencionadas, sean autoras de sus propias canciones, pero no quita el
hecho que la calidad de su música es bastante apelativa a cierta demografía de
la audiencia y donde, de nuevo, vemos que prima el volumen sobre la sustancia,
donde la imagen que ellas venden es más poderosa que las canciones que estas
generan.
La
homogenización de los gustos, el género y los artistas, es producto del cambio
paradigmático que hemos hecho del éxito y la cultura que ahora se ha vuelto tan
predominante en la actualidad. Ahora los exitosos, los substanciosos, son los menos
conocidos, los menos apegados a la regla de oro, donde el valor de la canción
se vuelve lo más preciado para estos artistas, porque simplemente no pueden
competir contra los otros artistas que han hecho de la música, un monopolio
donde solo titanes son participes del juego.
La
definición cultural de éxito, ahora resulta ser la que genera mayor impacto de
cualquier índole y es medible a través de la cantidad de vistas de un video en
Youtube. Donde los artistas que desean competir, tienen que vender su imagen
fuera del sitio web mencionado y el video tiene que generar una imagen lo
suficientemente apetecible para la audiencia que se encuentra tan inmersa en
esta cultura del ‘nuevo éxito’ y la imagen que más vende, es la controversia.
Más parece ser una competencia de quien puede ser más controvertido que quien
puede ser más substancioso.
Los artistas
en la actualidad han aprendido que el éxito puede ser generado artificialmente.
Donde el talento reside en la capacidad de hacer un objeto lo suficientemente
apetecible a toda la audiencia, sin importar quien sea, y deja de ver el valor
que la música constituye en la manera ‘tradicional’ de éxito y calidad. Es aquí
que la música constituye un valor adquirido (diferenciado) y no artificial, ya
que creas arte porque lo sientes y puedes transmitir de él, toda una visión que
quienes sepan leerla, son quienes puedan compartirla, no quienes simplemente
pueden leerla. La emoción, ahora es la traducción de controversia. Ya no es el
sentimiento provocado por una melodía bien lograda acompañada de una letra que
relata toda una anécdota. Ahora son los temas más ‘vulgares’ y populistas que
pueda haber. Donde no se requiere mayor pensamiento o creatividad para entender
o crear.
Y claro, el
éxito ‘tradicional’, se vuelve la habilidad del artista de poder generar toda
esa cosmovisión y emoción en su audiencia, pues es dicha creatividad la
empleada para poder generar algo más que una simple emoción de adrenalina o furia.
Donde la emoción perdura aun cuando la música ha terminado.
Vivimos tan
inmersos en lo que nuestra cultura genera, que nos hemos vuelto más ‘maleables’
a quienes desean incidir en nosotros. Ya no se trata de una habilidad que se
estudia, practica y perfecciona, se trata de una habilidad que se genera, vende
y funciona siempre.
Nuestra
cultura ha generado una transmutación de valores estéticos tan rápida, que
dentro de poco, el análisis generado en esta entrada, se quedara corto para
futuras épocas, donde habrá cambiado tanto, que quienes vivieron en esos 80s,
70s y 60s, esto se ha vuelto algo que no pueden comprender.
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